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05-01-2009

 

Guillermo Almeyra 

 

La revolución cubana medio siglo después

 

La Jornada

Los símbolos, en política, tienen siempre un enorme peso en el imaginario colectivo. El romántico ingreso en La Habana en delirio de los jóvenes barbudos vencedores el 1º de enero de 1959 sacudió la conciencia y los corazones de los trabajadores en todo el mundo y abrió una nueva fase de luchas (que incluyen el 68), cerrando un ciclo de grandes derrotas populares, como la reconstitución del poder del imperialismo en Bolivia tras la revolución de 1952; la derrota de la revolución guatemalteca en 1954; el derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Domingo Perón en 1955 por un golpe militar proligárquico; la represión soviética al gobierno de los consejos obreros húngaros en 1956, y la guerra sionista de ese mismo año en el Sinaí contra Siria, Egipto y la resistencia palestina. La revolución cubana demostró que era posible disolver a un ejército represivo y derribar una dictadura feroz si se contaba con el apoyo de la mayoría de la población, que la relación de fuerzas mundial hacía posible echar a un agente de Washington y comenzar a crear otro aparato estatal, incluso sin contar con un partido ni con aliados internacionales, pues el movimiento 26 de Julio era un grupo abnegado pero heterogéneo; el PSP –el partido comunista cubano– se había opuesto hasta el último momento a la lucha armada contra Batista y la Unión Soviética veía con suspicacia a los revolucionarios y sólo reconoció su gobierno revolucionario hasta 1961, dos años después del triunfo de la revolución.

Surgió así entonces un hecho nuevo y trascendental: a 150 kilómetros de la principal potencia militar y económica y en lo que era el patio trasero del imperialismo estadunidense triunfaba una revolución armada antimperialista y democrática de campesinos y estudiantes apoyada por los trabajadores, aunque no dirigida por éstos. Más aún, en vez de ceder ante las presiones imperialistas como había hecho el MNR en Bolivia, esa revolución tenía una dinámica tal que la llevaba a profundizar su curso ante cada ataque del enemigo.

La influencia de esto fue enorme en América Latina, sobre todo en la izquierda. Hasta 1959, los partidos comunistas condenaban la lucha armada y, triunfante la revolución, pedían en Cuba un gobierno de unidad con los burgueses antibatistianos por boca del ex pastelero Jacques Duclos, el segundo líder del PC francés. A la izquierda de esos partidos comunistas, tantas veces aliados con las oligarquías locales y con los hombres de Washington (como Batista, o el dominicano Trujillo), sólo existían unos diminutos y marginados grupos trotskistas en unos pocos países. Ahora surgía en Cuba una corriente revolucionaria nacionalista que se radicalizaba, en la que en los primeros dos años existía plena libertad de prensa y de actuación para la izquierda y que aceptaba la existencia de varias tendencias y partidos revolucionarios (de cuya fusión nacería en 1961, dos años después del triunfo revolucionario, las Organizaciones Revolucionarias Integradas –ORI– y recién en 1965 el actual Partido Comunista cubano, no sin antes tener que depurar la revolución del ala estalinista que actuaba como agente de Moscú). Aunque la mayoría del pueblo cubano recordaba aún, como el mismo Fidel Castro, el apoyo a Batista del PSP y no era socialista, el ataque imperialista contra la dirección cubana, a la que Washington acusó desde el primer momento de comunista, llevó a Fidel Castro a declarar que el país era socialista, en sorpresivo discurso radiofónico pronunciado después de la derrota de la invasión imperialista en Bahía de Cochinos, en 1961. La tardía alianza con los soviéticos no fue pues resultado de la influencia política de Moscú sobre los jóvenes dirigentes revolucionarios, sino que fue impuesta por la presión imperialista y por la decisión de defender a cualquier costo las conquistas de la revolución y la independencia y dignidad del pueblo cubano, encontrando apoyo y tecnología en los adversarios de su enemigo.

Nació y se desarrolló así un gobierno plebeyo revolucionario que asumía definiciones socialistas, pero dirigía una economía capitalista y actuaba dentro del mercado mundial capitalista. Ese gobierno se opuso a los grandes capitalistas locales y al imperialismo, que lo sabotearon por todos los medios posibles, incluso insurreccionales, y no tuvo nunca el apoyo de las clases y sectores procapitalistas, que emigraron. Además, contra sus previsiones y su voluntad se vio obligado a apoyarse en la Unión Soviética y en partidos que huían de la revolución como de la peste y que declaraban que su objetivo era la mera coexistencia pacífica con el imperialismo y a eso sometían todo lo demás, incluida la independencia cubana, como lo demostraron en 1962 en la famosa crisis de los cohetes.

Fidel Castro pasará pues a la historia, junto a José Martí, como el líder de la última revolución de independencia latinoamericana, que fue y sigue siendo una revolución democrática, nacional, antimperialista con dinámica anticapitalista. No es ni ha sido nunca un teórico socialista sino un gran revolucionario y hombre de Estado cubano. Esa es su fuerza pero también su debilidad. En efecto, no se puede hacer un balance de la política de los revolucionarios cubanos prescindiendo del peso de la personalidad y de la formación teórica de sus dirigentes, incluso de los mejores de ellos, como Fidel Castro o el Che Guevara. Un mero artículo periodístico, por supuesto, no basta para lo que debería ser tarea de una obra documentada (no de una de las habituales hagiografías), pero trataré de esbozar algunas líneas en la segunda parte de esta nota.


La revolución cubana medio siglo después II y última parte

Del carácter revolucionario de Fidel Castro y de la mayoría de la dirección cubana derivan el internacionalismo que llevó las tropas cubanas a defender la joven revolución argelina y a combatir en Angola contra el imperialismo y el apartheid y el inmenso mérito histórico de haber resistido al imperialismo y a los intentos de imponer la línea soviética, así como la subsistencia de la Cuba revolucionaria después de 1989, cuando todos los partidos y gobiernos satélites de la burocracia soviética se esforzaban por instaurar un capitalismo mafioso. La gran cantidad de errores cometidos en este medio siglo tiene, en cambio, su base en que, para afirmar la revolución, Fidel Castro y ese grupo buscaron construir un férreo aparato estatal centralizado y piramidal, con el cual identificaron al partido –que Fidel fundó seis años después de la revolución por razones de Estado y declaró único, al estilo soviético. Eso creó el terreno para el voluntarismo y el decisionismo verticista (la campaña de los 12 millones de toneladas de azúcar, que hundió la economía), y también para la burocratización del partido como resultado inmediato de la burocratización y corrupción por el mercado del aparato estatal, así como para otros graves errores políticos (como declarar, por razones de Estado, que Brezhnev o el dictador somalí Siad Barre eran grandes marxistas, apoyar las dictaduras nacionalistas de Congo Democrático, de Guinea Ecuatorial, del DERG de Etiopía, aprobar la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, respaldar a la dictadura militar argentina durante la guerra de las Malvinas). Esa visión estatal nacionalista, no marxista, dio también la base para el error más grave de todos: creer que la URSS sería eterna y que era socialista y jugar por consiguiente la suerte de Cuba a la carta de la integración en el Comecon, en vez de comenzar a desarrollar la autogestión democrática en la isla, cosa que todavía está pagando la economía cubana.

La identificación entre el partido comunista y el Estado, como en la URSS, anuló al partido cuyos mejores hombres se convirtieron en dirigentes estatales y cuya línea nacional e internacional fue dictada por las necesidades imperiosas que enfrentaba el Estado en las sucesivas fases. La apertura al mercado mundial abrió también las puertas para una corrupción en mayor escala de ese pequeño aparato estatal de un pequeño país carente materialmente de todo y sometido a un bloqueo criminal. Ahora el partido se ve obligado a definirse sobre qué hacer en las condiciones mundiales de crisis del capitalismo tras la desaparición del Cemecon y con China construyendo a todo vapor un país y un gobierno capitalista y, sobre todo, qué hacer si Estados Unidos levanta el bloqueo. Las ideas sobre la vía para la construcción del socialismo quedaron para las calendas griegas. Ni Fidel ni el Che dijeron a este respecto más que valiosas y bien intencionadas generalidades. El Che participó del voluntarismo y por eso fue a un Congo imaginario y, a pesar de sus críticas a los soviéticos y sus partidos, creyó en la dirección del partido comunista boliviano que lo condujo a la muerte, y su lucha contra la burocracia en Cuba se centró en los aspectos éticos y morales (no robar, no despilfarrar, no a los privilegios), sin comprender que el centralismo vertical y el partido único son instrumentos de mando y abren el camino a la burocracia, no a la creatividad consciente y crítica individual y colectiva sin la cual es imposible construir el socialismo.

El Che, además, fue enterrado por decenios una vez derrotado políticamente por las concepciones propias de los soviéticos que la mayoría de la dirección cubana hizo suyas. Fidel tiene, por su parte, un enorme prestigio, pero desde hace tiempo nada contra la corriente. El partido comunista cubano no tiene creatividad política ni credibilidad. En cuanto a los organismos supuestamente representativos, como la Asamblea Nacional, se reúnen sólo de vez en cuando y para votar lo ya aprobado previamente por el gobierno y el buró político y no son un terreno apto para la discusión y la formación política de los ciudadanos. Por consiguiente no hay quien construya la conciencia socialista, mientras que la situación económica y el mercado mundial, en cambio, introducen por todos los poros la influencia de las ideas y de los valores capitalistas, sobre todo entre los jóvenes, que no han vivido lo que era el capitalismo hace 50 años. El gobierno revolucionario tiene a su favor que las bases de la contrarrevolución emigraron y, además, están divididas ante el impacto de la crisis económica y de la pérdida de hegemonía de Estados Unidos. Pero su política económica e incluso sus líneas ideológicas no le garantizan el consenso en la propia isla: éste, en cambio, deriva de su defensa intransigente de la independencia y de la soberanía isleña. Sin embargo, en las condiciones internacionales actuales, es probable que lleguen a Cuba algunos capitales del exterior y que la presión de sectores agrarios estadunidenses que quieren asegurarse el mercado cubano sobre Barack Obama lleven a una suavización del bloqueo, si no a su eliminación. Eso permitiría a grupos de emigrados y de capitalistas invertir en Cuba, fortaleciendo así en el gobierno a los Deng Xiao Ping cubanos que privilegian la tecnología y la eficacia. Dadas las enormes carencias que existen en la economía popular, esa tendencia ganar base en las ciudades y también en algunos sectores rurales bien situados para competir en el mercado de consumo. ¿Por qué no se discute abiertamente y con urgencia qué hacer ante una agravación de la crisis que haga dificultosa la ayuda venezolana o ante la eventualidad del levantamiento del bloqueo? Raúl Castro dice que está dispuesto a discutir con Obama en condiciones dignas. No lo dudo. Pero ¿se puede saber cuáles son esas condiciones? ¿Y cuáles serían otras opciones?¿Por qué no apelar a la autogestión, crear con la población un censo de necesidad, discutir cómo y en qué plazos satisfacerlas? El funcionamiento piramidal de los órganos de dirección, siempre nocivo, es fatal en tiempos de crisis.



 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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